Ermita de la Virgen del Val (Alcalá de Henares)
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Av. Virgen del Val, 69
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La tradición sitúa el origen de esta ermita en el año 1184, cuando un labrador encontró enterrada una figura de la Virgen en un campo cercano a la fortaleza musulmana de Alcalá la Vieja. El actual edificio es una obra de estilo neogótico finalizada en 1926, pues la construcción original fue saqueada y destruida por los franceses durante la ocupación napoleónica. El retablo es una reproducción del Paraninfo de la Universidad. La romería de la Virgen del Val se celebra el tercer domingo del mes de septiembre. Durante la procesión, que va desde la Catedral Magistral hasta la ermita, se hace un alto frente al Ayuntamiento, donde el Alcalde hace entrega de la vara como símbolo de renovación de su título de Alcaldesa Perpetua de Alcalá.
LA LEYENDA
Corría el año 1184, cuando un labrador alcalaíno, que se hallaba trabajando las tierras de su señor, cayó por accidente al río Henares.
Como apenas sabía nadar y la corriente era fuerte, sintió que sus fuerzas se agotaban y que moría ahogado. Con su último aliento pidió ayuda del cielo y en ese momento vio, como entre sueños, que la Virgen con el Niño tiraba de él y lo llevaba a la orilla. Una vez recuperado y a salvo en tierra, comprobó con asombro que la aparición ya no estaba y que se encontraba completamente solo.
No pudiendo explicarse el suceso decidió guardarlo en secreto. No obstante, siempre que por aquel lugar pasaba no dejaba de recordarlo y dar gracias a la Virgen que tan gran favor le había hecho. Tiempo después, encontrábase arando aquellas mismas tierras cuando la yunta que él manejaba quedó enganchada y no daba con las fuerzas suficientes para mover el arado. Por todo ello, tuvo que dejar su labor y acercarse a por un azadón con el fin de descubrir que era aquello con lo que había tropezado y que no le dejaba continuar.
Comenzó, pues, a cavar y según iba apartando la tierra fue sacando a la superficie la imagen en alabastro blanco de una Virgen con un niño en brazos, la misma que le había salvado. Como las tierras no eran suyas, tomó el labrador la imagen y la llevó a casa de su amo, el cual la colocó en su habitación para que protegiera a su familia.
A la mañana siguiente, al levantarse, descubrieron que la imagen había desaparecido. Pensando que el criado se la había llevado, el señor se acercó a la casa de éste a pedirle cuentas. El labrador, que nada sabía, negó haberla cogido. Fueron ambos, por ello, al lugar donde había aparecido y, para su asombro, encontraron ésta en el tronco de un árbol.
Después de este suceso, entendieron que la Virgen no quería abandonar aquel valle y decidieron construir una ermita allí mismo. Dicha ermita, que se realizó con la colaboración de todos los vecinos, se llamaría de la Virgen del Valle y ,posteriormente, de la Virgen del Val.
Siguiendo sus deseos de permanecer allí, nunca abandona ese emplazamiento salvo cuando la villa se veía azotada por alguna calamidad, en cuyo caso se la trasladaba en pública procesión para que socorriera la ciudad. Así, se cuenta que, el 8 de junio de 1635, amenazada la ciudad por la sequía, se sacó la Virgen en procesión y, nada más aparecer ésta, una nube se colocó sobre las andas y, al llegar a la Calle Mayor, comenzó a llover pese a que los vientos eran contrarios.
El día 19 de abril de 1791 se volverá a aparecer en el Colegio Mayor de San Ildefonso, por lo que la Universidad la nombra «Doctora». Posteriormente, se mostrará otras dos veces; una en la puerta de la Facultad de Filosofía y otra, el 6 de julio de 1808, en la puerta de la Catedral Magistral, donde reside en la actualidad.
LA LEYENDA
Corría el año 1184, cuando un labrador alcalaíno, que se hallaba trabajando las tierras de su señor, cayó por accidente al río Henares.
Como apenas sabía nadar y la corriente era fuerte, sintió que sus fuerzas se agotaban y que moría ahogado. Con su último aliento pidió ayuda del cielo y en ese momento vio, como entre sueños, que la Virgen con el Niño tiraba de él y lo llevaba a la orilla. Una vez recuperado y a salvo en tierra, comprobó con asombro que la aparición ya no estaba y que se encontraba completamente solo.
No pudiendo explicarse el suceso decidió guardarlo en secreto. No obstante, siempre que por aquel lugar pasaba no dejaba de recordarlo y dar gracias a la Virgen que tan gran favor le había hecho. Tiempo después, encontrábase arando aquellas mismas tierras cuando la yunta que él manejaba quedó enganchada y no daba con las fuerzas suficientes para mover el arado. Por todo ello, tuvo que dejar su labor y acercarse a por un azadón con el fin de descubrir que era aquello con lo que había tropezado y que no le dejaba continuar.
Comenzó, pues, a cavar y según iba apartando la tierra fue sacando a la superficie la imagen en alabastro blanco de una Virgen con un niño en brazos, la misma que le había salvado. Como las tierras no eran suyas, tomó el labrador la imagen y la llevó a casa de su amo, el cual la colocó en su habitación para que protegiera a su familia.
A la mañana siguiente, al levantarse, descubrieron que la imagen había desaparecido. Pensando que el criado se la había llevado, el señor se acercó a la casa de éste a pedirle cuentas. El labrador, que nada sabía, negó haberla cogido. Fueron ambos, por ello, al lugar donde había aparecido y, para su asombro, encontraron ésta en el tronco de un árbol.
Después de este suceso, entendieron que la Virgen no quería abandonar aquel valle y decidieron construir una ermita allí mismo. Dicha ermita, que se realizó con la colaboración de todos los vecinos, se llamaría de la Virgen del Valle y ,posteriormente, de la Virgen del Val.
Siguiendo sus deseos de permanecer allí, nunca abandona ese emplazamiento salvo cuando la villa se veía azotada por alguna calamidad, en cuyo caso se la trasladaba en pública procesión para que socorriera la ciudad. Así, se cuenta que, el 8 de junio de 1635, amenazada la ciudad por la sequía, se sacó la Virgen en procesión y, nada más aparecer ésta, una nube se colocó sobre las andas y, al llegar a la Calle Mayor, comenzó a llover pese a que los vientos eran contrarios.
El día 19 de abril de 1791 se volverá a aparecer en el Colegio Mayor de San Ildefonso, por lo que la Universidad la nombra «Doctora». Posteriormente, se mostrará otras dos veces; una en la puerta de la Facultad de Filosofía y otra, el 6 de julio de 1808, en la puerta de la Catedral Magistral, donde reside en la actualidad.
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